Cuando la noche cubrió el cielo, las estrellas titilantes y una brisa gélida se colaban por los rincones. El silencio reinaba, pero los muros de la mansión parecían susurrar la amargura de lo que se había vivido ese día.
Derek regresó a su hogar y, al salir del auto, se encontró con Tyler en el umbral de la puerta. Su postura era rígida, su rostro impenetrable y su mirada desafiante. El semblante de Derek cambió drásticamente, no por rabia, sino por una repentina ola de miedo y preocupación.
—¿Le pasó algo a Naomi? ¿Ella está bien? ¿Dónde está?— preguntó insistentemente, acercándose a Tyler.
— Ella está bien. Nidia estuvo aquí y dijo que tú la invitaste.— respondió Tyler, directo al grano.
Al principio, Derek no recordaba el nombre, pero luego, como un rayo, la verdad lo golpeó. “¡Maldición! ¡Maldita sea!”, exclamó, golpeando la pared. Maldijo una y otra vez, su furia era una tormenta que amenazaba con desatar el caos, su error había arruinado la paz que había comenzado a surgir entre