Cuando la noche cubrió el cielo, las estrellas titilantes y una brisa gélida se colaban por los rincones. El silencio reinaba, pero los muros de la mansión parecían susurrar la amargura de lo que se había vivido ese día.
Derek regresó a su hogar y, al salir del auto, se encontró con Tyler en el umbral de la puerta. Su postura era rígida, su rostro impenetrable y su mirada desafiante. El semblante de Derek cambió drásticamente, no por rabia, sino por una repentina ola de miedo y preocupación.
—¿