Una media sonrisa se dibujó en el rostro de Derek. Aún no había pronunciado palabra, y ella ya lo había sentenciado.
—Naomi, entiendo que tú y yo no somos una pareja normal.—empezó, su voz más suave de lo que esperaba.— Ni siquiera somos una pareja como tal. Pero esto ya no se trata de nosotros.
De repente, la mirada de Derek se endureció, la frustración se filtró en sus palabras.
—¡Joder! —exclamó, bajando la cabeza. Era tan difícil encontrar las palabras exactas, las que la harían entender. Impotente, se levantó y se dirigió a la ventana, dándole la espalda.
—No te sientas obligado a nada. No tienes que hacerte responsable. —dijo Naomi, un intento de liberación en su voz.
—Nos vamos a divorciar, pero quiero estar con mi hijo.—soltó, directo, sin rodeos.— Si lo deseas, puedes cederme la custodia al nacer.
Naomi se quedó sin aliento. La oferta, tan cruda y cruel, la golpeó fuerte.
—¿Quieres que te regale a mi hijo? —su voz tembló de incredulidad.
—No sería un regalo. Es mío también, ¿