La voz pertenecía a Derek. Estaba reclinado contra la pared, en las sombras, una figura imponente que sostenía un contrato matrimonial en sus manos. El documento, antes un símbolo de conveniencia, ahora parecía un arma. Naomi giró lentamente, su mirada cayendo sobre dos maletas en el suelo, como silenciosos heraldos de su llegada. El nerviosismo se instaló en su pecho, frío y punzante.
—¿Qué haces aquí? —Su voz, apenas un susurro, temblaba.
Él se movió, saliendo de las sombras con una lentitud