OBLIGADA A TENER EL HIJO DE MI ENEMIGO. Capítulo 50.
Nunca fui consciente del paso del tiempo en la isla…
Los días comenzaron a deslizarse uno tras otro con una suavidad casi engañosa, como si el sol se encargara de borrar las horas con cada amanecer y cada atardecer. Me despertaba con la luz filtrándose por las cortinas blancas, con el sonido del mar entrando por las ventanas abiertas, y cuando me daba cuenta… ya había anochecido otra vez.
Era feliz…
No una felicidad eufórica ni desbordante, sino una calma profunda, estable, como una respiración