En la soledad de su jaula, Ariadna se escondía bajo la sábana.
«¡Esto es horrible! Mi vida es horrible, yo soy una persona horrible», pensó mientras lloraba a borbotones.
La puerta de la habitación se abrió de manera abrupta y la figura grande e imponente de Nathan se mostró entre las sombras. Con el rostro serio y la mandíbula apretada, avanzó hacia la cama. La lámpara cálida brindaba una luz tenue al cuarto.
—Perdón —le susurró a su esposa—. Ese tipo es un idiota que no tiene cerebro y no se