EL GUARDAESPALDAS DE MI HERMANO: 10. No tenías derecho a ocultarme algo así
Le enjabonó los brazos y el cuello.
— Oh, eres excelente con las manos — musitó ella, risueña, bajo el grifo de agua fría. Echó la cabeza hacia atrás.
— Y no sabes lo que otras partes de mi cuerpo también pueden hacer— le dijo, inclinándose contra el lóbulo de su oreja.
Elizabeth se erizó y se mordió el interior de la mejilla, coqueta.
— ¿Me lo mostrarías?
— No tienes ni que preguntarlo. Date la vuelta y coloca las manos contra los azulejos — una orden que le dejó la boca seca, pero a la qu