35. ¡Abran paso! ¡Abran paso!
Media hora después, nervioso, alegre, como nunca en toda su vida, Santos Torrealba volvió a la habitación de su joven e inesperada esposa. Ella no estaba.
— Buenos días, señor — saludó una mucama que cambiaba las sábanas esa mañana —. ¿Busca a su esposa?
— Sí, ¿la has visto?
— Creo que bajó al jardín, señor. ¿Quiere que vaya por ella?
— No, gracias, yo me encargo — respondió, sospechando en donde podría encontrarla.
Sonrió al descubrir que no se había equivocado, y que esa mañana, en especi