—Víctor, lo siento tanto… debo… debo irme —balbuceó, conteniéndose apenas de no perder el control.
—¿A dónde vas? —se levantó rápidamente, sujetando su cara entre sus grandes manos—. Estás temblando.
—Yo… —Sus ojos se llenaron de lágrimas, muchas de ellas saliendo desbordadas. No se suponía que debería llorar por una mujer que no debería llamarse “madre”, pero lo hacía. Lo hacía como esa versión pequeña de sí misma que la amaba incondicionalmente, a pesar de haberla lastimado en más de un senti