Isabella balanceó la hoja del cuchillo sin poder llegar a su objetivo. La niña se movió, impulsándose para caer de espalda en la silla. El golpe la hizo quejarse al instante. Pero, aun así, no perdió tiempo para suplicarle:
—¡No, mami! —gritó Kiara, su vocecita desgarrada por el terror haciéndola reaccionar por un momento—. ¡Por favor, no!
Se detuvo. La miró y fue como regresar al pasado, al instante en que le entregaron a aquella criatura diminuta envuelta en una manta.
«Lo has hecho bien», di