Las luces del quirófano le quemaban ligeramente los ojos, mientras el aroma del yodo impregnaba el aire.
Su mano se encontraba dentro del pecho del paciente, mientras intentaba no pensar en Selene y centrarse únicamente en la operación a corazón abierto que estaba realizando.
—Doctor Alejandro, ¿está bien? —preguntó la instrumentista, con su voz amortiguada por la mascarilla.
Al levantar la vista un segundo, se percató entonces de que todos lo miraban: el anestesiólogo, el perfusionista, la res