La sorpresa no tardó en revelarse en esos ojos grises que en otro tiempo le habían parecido tan hermosos.
La nariz del hombre se arrugó de una forma felina, dando alusión a un animal a punto de atacar. Con fuerza la sacudió una vez más antes de decirle con voz en cuello:
—¿Enamorada? —su mandíbula se apretó, haciendo que los músculos de su cara se tensaran visiblemente—. ¡No mientas, maldición! ¡Tú no amas a ese imbécil!
—¡Lo amo! ¡Lo amo! —gritó, únicamente para herir su inflado ego.
Él