Aitara se quedó helada en medio del pasillo de la universidad cuando el nombre de «Diana» comenzó a parpadear en la pantalla de su teléfono. Se detuvo, se enderezó y respondió la llamada con amabilidad.
—¿Hola? ¿Señora Diana? Qué gusto saludarla.
—¡Aitara, querida! Qué bueno que me contestas —la voz de la mujer sonaba tensa—. Siento molestarte, pero es que estoy algo preocupada. Marcos no me responde el teléfono desde hace dos días. Ni mensajes, ni llamadas... nada. ¿Lo has visto? Sé que cursan