La presencia de Maximilian llena toda la sala de una manera que me cuesta describir, porque estoy ahora más alterada, porque estoy con el corazón golpeando más fuerte en mi pecho.
No se mueve de inmediato, no da un paso más para cruzar el umbral que nos separa. Está ahí, erguido, imponente incluso sin proponérselo, con ese maldito traje de gala demostrándome que no ha descansado.
Sorpresa, yo tampoco.
Su cara me demuestra que no ha dormido un carajo y el hecho de que me mire como si el resto de