Caterine estaba recostada en la camilla de hospital. Se sentía agotada, pero dormir podía esperar un poco más. A su lado, Corleone sostenía su mano con firmeza, como si temiera que pudiera desvanecerse en cualquier momento. A unos metros, su padre permanecía de pie, con los brazos cruzados y una expresión inescrutable en el rostro.
Su padre no la había dejado a solas más que para ir al baño. Al igual que Corleone, se había quedado a su lado sin quitarle la vista de encima. Cuando las enfermeras