Greta no podía mirar a Gino. Su vista estaba fija en los edificios que pasaban del otro lado de la ventanilla del taxi, iluminados por las luces nocturnas. El silencio se había instalado entre ambos desde que había subido al vehículo, denso pero no incómodo, como si ninguno de los dos tuviera exactamente idea de qué decir en un momento como aquel.
Greta estaba absorta en sus pensamientos, preguntándose qué demonios estaba haciendo, pero sin encontrar las fuerzas para echarse para atrás. Porque,