Greta soltó una carcajada. No había dejado de reír desde que llegaron al restaurante gracias a las historias de Gino, una más divertida que la otra.
—No puedo creer que los muchachos hicieran eso —dijo entre risas.
—No le veo la gracia —replicó Gino, aunque la sonrisa en su rostro contradecía sus palabras.
—Oh, vaya que sí fue divertido. Me habría encantado estar allí.
—Lindura, ya me has visto desnudo antes —dijo Gino sin pensarlo demasiado.
Greta sintió cómo sus mejillas se encendían y, de in