Vicky no se detuvo. No podía.
Cada vez que elevaba sus caderas y se dejaba caer con fuerza sobre el regazo de Greg, la fricción enviaba una nueva onda de calor a través de su cuerpo. Bajo la pesada manta, sus cuerpos eran un caos de sudor y roce. Las manos de Greg estaban aferradas a su cintura; sus dedos se hundían en su piel para evitar que rebotara demasiado alto.
—Ohhh... Papi... sí —gimoteó Vicky en su cuello. Se movía más rápido ahora, con la respiración entrecortada y desigual—. Estás t