El sol ni siquiera se había elevado por completo en el horizonte cuando Elena abrió los ojos. Se quedó mirando el techo de su habitación, escuchando los ronquidos pesados y rítmicos del hombre que estaba a su lado. Cada músculo de su cuerpo se sentía tenso, como un resorte al que le hubieran dado demasiada cuerda. Se miró en el espejo del tocador: tenía veinticinco años, pero sus ojos parecían décadas mayores, cansados de los golpes y de las promesas rotas.
«Hoy es el día», pensó. «O me voy a