A la mañana siguiente, Elena esperaba ante las puertas de cristal del rascacielos. Sentía las piernas débiles. Llevaba una falda corta de flores que parecía demasiado fina para el aire frío de la oficina. Cuando llegó al cuarto piso, la recepcionista ni siquiera le preguntó el nombre. Se limitó a señalar hacia el fondo.
Vinx ya estaba esperando. Esta vez no se quedó detrás de su escritorio. Estaba junto a la ventana, de espaldas a ella, observando el tráfico de la ciudad.
—Entra, Elena —dijo