Me quedé allí como una estatua, con el vapor de la ducha enroscándose en mis tobillos. Las manos me temblaban tanto que casi dejo caer el cepillo dentro de la bañera. Eddie ni siquiera tuvo que mirarme para saber que lo estaba devorando con los ojos. Simplemente lo sabía. Por supuesto que debía de estar sintiendo la debilidad y el olor tóxico de la desesperación saliendo de mí en olas.
—Yo... lo siento, Amo —susurré. Mi voz sonaba pequeña, como la de una niña atrapada robando dulces.
Se d