—Estás temblando —murmuró, con voz baja y áspera—. ¿Sigues nerviosa, princesa? ¿O es algo más?
Arabella no pudo responder. Tenía los muslos fuertemente apretados, pero no era suficiente para detener la humedad pegajosa que se había estado acumulando desde la primera vez que la tocó.
Y Rafe lo notó. Por supuesto que sí.
Acercó su taburete aún más, separándole las rodillas con las suyas. Una de sus manos enguantadas se quedó en su pecho, amasándolo suavemente, mientras la otra bajó por su