El guardaespaldas

—Tu padre no te pidió que me ofrecieras tu coño cuando lo hiciste, Lena —gruñó al oído, con su voz como un susurro grave y oscuro—. ¿O sí? ¿Te dijo que entraras a mi habitación desnuda a suplicar por mi polla?

—Jax… h-hhn… por favor —lloriqueé, moviendo mis caderas hacia atrás de forma automática contra su entrepierna, buscando la increíble plenitud en mi interior.

—No importa lo que piense tu padre —murmuró Jax, con la mandíbula apretada mientras se retiraba casi por completo, para luego
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