No hubo tiempo para contenerlo ni espacio para disimularlo, porque en el instante en que esa intención cruzó el límite entre lo interno y lo visible, dejó de ser algo que solo yo podía percibir y se convirtió en una presencia tangible, no en forma, no en cuerpo, pero sí en efecto, en una alteración precisa de la realidad que nos rodeaba, como si algo utilizara mi propia existencia como punto de proyección, como si mis ojos ya no reflejaran únicamente lo que yo veía, sino también aquello que com