La pantalla del teléfono seguía iluminando mis manos con una frialdad que no tenía nada que ver con la luz en sí, sino con lo que acababa de leer, con la forma en que esas palabras se habían deslizado dentro de mí sin pedir permiso, instalándose en un lugar incómodo, demasiado cercano a todo lo que ya estaba ocurriendo, porque no era solo una advertencia, no era solo una amenaza vaga, era algo más preciso, más consciente, como si alguien hubiera estado mirando lo suficiente como para entender e