El silencio que dejó su ausencia no fue un alivio, fue una presión distinta, más profunda, como si en lugar de calmar el ambiente hubiera comprimido todo lo que acababa de pasar en un punto invisible que seguía latiendo dentro de mí, porque sus palabras no se quedaron en el aire, no se diluyeron con su distancia, se quedaron, se instalaron, repitiéndose con una claridad incómoda que no encontraba forma de apagarse: “Entonces deja de acercarte a mí.”
Me moví por inercia, sin dirección real, cruz