La puerta quedó abierta mucho después de que él se fuera, como si cerrarla implicara aceptar que el momento había terminado cuando en realidad seguía latiendo dentro de mí con una intensidad que no encontraba forma de apagarse, como si su presencia se hubiera quedado adherida a cada rincón de la habitación, al aire, a mi piel, a mi respiración todavía inestable, y por más que intenté moverme, hacer algo, cualquier cosa que devolviera una sensación mínima de normalidad, no lo conseguí, porque ya