Las palabras del Fundador no desaparecieron cuando dejó de pronunciarlas. Permanecieron suspendidas entre nosotros como un eco imposible de acallar, golpeando una y otra vez contra mi pecho hasta robarme el aire. Tú ya moriste una vez por ella. Aquella frase parecía tener vida propia, como si hubiera esperado siglos para regresar y reclamar el lugar que le pertenecía. El jardín entero quedó inmóvil. Ni las hojas de los árboles se movían, ni las flores temblaban bajo el viento. Incluso los Custo