El cambio llegó con una lentitud insoportable, como si el mundo entero hubiera decidido contener la respiración junto con nosotros antes de revelar el precio del siguiente paso. No hubo un estruendo ni una sacudida capaz de anunciar que algo había terminado; fue mucho peor que eso, porque ocurrió en silencio, dentro de nosotros, en el espacio diminuto donde nuestras manos seguían enlazadas mientras el calor que siempre había circulado entre ambas comenzaba a transformarse en una corriente extra