No me moví de inmediato.
Mi cuerpo seguía anclado en ese punto del pasillo como si algo invisible me retuviera, como si dar un paso implicara aceptar que lo que acababa de pasar había sido real y no una ilusión provocada por el cansancio, por la tensión acumulada, por todo lo que llevaba días negándome a procesar. El eco de su voz seguía ahí, deslizándose en mi mente con una claridad insoportable, repitiendo cada palabra con una precisión que me hacía imposible ignorarla, y cuanto más intentaba