La cena avanzó con una normalidad tan perfectamente construida que resultaba casi ofensiva, como si todos en esa mesa hubieran decidido, de forma silenciosa, ignorar lo que se movía por debajo de cada palabra, de cada mirada, de cada pausa cuidadosamente medida. Los cubiertos chocaban suavemente contra la porcelana, las copas tintineaban con elegancia, y las conversaciones giraban en torno a negocios, viajes y compromisos sociales que no me pertenecían, que no me incluían realmente, y aun así y