CAPÍTULO 51. Recuerdos
—¡No me toquen! ¡No me toquen! ¡No me…! ¡Aaaaaaaahhhhhh!
El grito de Marianne resonó en aquel pequeño cuarto y se sacudió, lastimándose incluso con las correas mientras trataba de escapar de ese tacto hostil que eran las manos de las enfermeras.
Astor apoyó la espalda en la pared del corredor y esperó a que terminaran con ella, mientras se regodeaba con cada uno de aquellos ataques.
Iba a visitarla cada semana, muy temprano en el día, para disfrutar de los gritos de Marianne cuando las enfermer