CAPÍTULO 34. No digas que no te lo advertí
Había calor, un calor de ese que es agradable únicamente porque hay frío alrededor. Marianne abrió los ojos despacio, pero verse en un lugar extraño la hizo levantarse sobresaltada, con el corazón latiéndole a mil. Trató de desembarazarse de las mantas y solo consiguió caerse de la cama, haciendo un ruido que de inmediato hizo eco en la cabaña.
—¡Hey, hey, mocosa! Estás conmigo… estás conmigo —murmuró Gabriel llegando frente a ella y Marianne se quedó un largo segundo observándolo.
—¿Dónde esta