Al salir del restaurante, apagué el celular para que no me saturaran con llamadas. Prendí el automóvil y encaminé los senderos hacia mi departamento.
Debía arreglar todo para aquel encuentro tan especial, ella debía sentir que…
¿La amaba?
Sí…
La amaba.
Le prepararía la cena, cambiaría las sábanas de mi cama y el colchón –no quería que su puro cuerpo, se contaminara con el sudor de las mujeres que antes se revolcaron ahí–, luego llenaría de espuma el jacuzzi, así podríamos relajar nuestros cuerp