Ella se acercó a mi lado sin titubear. Rodeándome con sus brazos, confortó mi alma consumida por la amargura. Poco a poco, sentí como la ira dejaba mi corazón hasta desaparecer completamente.
- No me dejes solo nunca –sumergí mi rostro en su seráfico pecho–. Mi niña. Te amo –una osada timidez ruborizó mis mejillas.
Sin la mínima intención de hacerlo, le declaré mis más profundos sentimientos. Sí, la amaba y no me avergüenzo de decirlo. Sé que, para ella, estás palabras tienen una importancia qu