Dudé unos instantes si seguir con lo que había planeado o detenerme; quizás me precipité por algo sin importancia, debí dejarla explicar el…
¡No!
¡Basta!
¡Deja de ser tan débil!
Acaba con esto de una vez.
Ahogué el sufrimiento que me producían sus alaridos. Mordí mis labios hasta hacerlos sangrar solo para traerme al presente, y no dejarme embaucar una vez más por la dulzura de sus frases. Separé sus finas piernas colocándome en medio de sus tibios muslos.
Introduje mis dedos bajo su pantalón y