33. Tú mentiste
La expresión de Oliver era la del mismo diablo. Una oscuridad silenciosa que brotaba desde su alrededor. Similar a que hubiera convocado el infierno en esa oficina.
Sus ojos, centelleantes, buscaban mi doblegación.
Su mandíbula estaba rígida. Sus hombros enderezados. Rostro enmarcado. Sus ojos estaban clavados en mí con una intensidad que no recordaba.
No sabía qué pasaba, solo que él estaba listo para disparar veneno hacia mí como una serpiente entrenada. Aun con los papeles en sus manos, lo