Con Mateo a mi lado, dormí muy tranquila el resto de la noche.
Cuando volví a despertar, el cielo ya estaba claro.
Cuando me moví un poco, sentí que el brazo que me rodeaba la cintura apretó con más fuerza.
Tenía la espalda pegada al pecho ardiente de él y, al instante, la temperatura bajo las sábanas subió unos grados.
Tiré un poco de la manta hacia abajo y, dentro de su abrazo, me giré.
Mateo tenía los ojos cerrados, respiraba con calma, como si aún estuviera dormido.
Pero incluso dormido, su