Aunque de los tres, solo la sonrisa de Carlos era sincera; la de Camila era más falsa que nunca.
Apenas estacioné el auto, Carlos ya se acercaba.
—Aurorita, por fin llegaste.
Me abrió la puerta del auto, mirando hacia adentro.
Cuando no vio a los niños, un destello de decepción pasó por su cara.
—¿Por qué no trajiste a Embi y Luki? Yo les tengo unos regalos.
En ese momento, Camila y mi padre también se acercaron.
Cuando escucharon que Embi y Luki no habían venido, la cara de mi padre se puso ser