—Te lo digo una vez más, no vas a cenar sola con Samuel —dijo Mateo.
—¿Estás loco? ¡Suéltame! —le grité.
Odiaba ese tono mandón. Sobre todo de él, que me despreciaba y aún así quería controlarme. ¿Con qué derecho?
Mientras más lo pensaba, más enojada estaba. Quise zafarme con fuerza, pero no apretaba tanto. Al jalar fuerte, retrocedí y me golpeé contra el carro.
Anoche, cuando me empujó, ya me había lastimado la cadera, y ahora, al chocar otra vez, me dolió más. Me puse la mano en el costado, mo