Mateo se dirigía hacia la cama, como si fuera a acostarse.
Yo apreté los dientes y corrí hacia él.
Justo cuando estaba por subirse, lo abracé fuerte por la cintura.
Su cuerpo se estremeció.
Sin darle chance de reaccionar, empecé a besarle la espalda.
Acababa de ducharse y, de su piel, salía un aroma fresco y agradable.
Con cada beso, los músculos de su cuerpo se tensaban más y más.
Cuando estuve a punto de desatarle la toalla, me agarró de la mano bruscamente y se giró para mirarme.
Sus ojos osc