Mateo apretaba el borde de la mesa de piedra, y sus ojos me miraban con tal molestia que parecía que yo era su peor enemiga.
Así nos quedamos un buen rato, enfrentados en silencio.
Al final, ya no aguanté que me mirara de esa forma.
—Señor Bernard, si no tienes nada que decir, entonces me voy a descansar al cuarto.
Me puse de pie para irme, pero de la nada me agarró del hombro y me obligó a sentarme otra vez.
Lo miré con impotencia.
—Señor Bernard, solo me quedas mirando y no hablas, ¿qué es lo