Volteé y, para mi mala suerte, me topé con Mateo. O sea, cuando por error puse el altavoz, él escuchó clarito los gritos de Alan. Me tapé la cara con la mano, hice como que no lo veía y corrí directo al pabellón del jardín.
Cuando pasé junto a él, escuché que suspiró, como burlándose. Claro, siempre igual: todo el día con su sarcasmo, echando pullas. Ya cualquiera se cansaría de aguantarlo.
Por eso, en cuanto quede embarazada del tercer niño, me largo lejos de él. No pienso seguir viviendo bajo