Qué ridículo...
¿Qué clase de odio me tiene esa perra, como para que se meta con mi familia, y sea capaz de destruir poco a poco ese hogar que alguna vez fue feliz?
Al final, lo peor no es la gente que se le nota que es mala, sino los que por fuera parecen inofensivos, frágiles y puros, pero por dentro son tan crueles como el diablo.
Miré a mi hermano y le pregunté:
—¿La amas mucho, ¿verdad?
Esta vez él no se quedó callado ni lo negó.
Con la voz quebrada, me contestó con tristeza:
—Es la primera