—Después hablamos:
—Pero...
Antes de que pudiera terminar, me selló los labios de un beso.
Su deseo era demasiado fuerte, arrasando con todo. Los papeles en el escritorio, el portalápices... todo cayó al suelo por su culpa.
Incluso la comida que había traído terminó tirada.
Molesta, lo miré y le reclamé:
—¡¿Te quieres morir de hambre o qué?!
—Contigo aquí, no me da hambre.
Con una sonrisa traviesa, me subió al escritorio.
Esta vez no fue tan largo; en cerca de una hora ya todo había terminado.
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