Mateo guardó el celular, me tomó de la mano y sonrió:
—Listo. Vamos, volvamos a casa.
Aunque sonreía, en su mirada aún se notaba algo de preocupación.
Y era lógico. Puede que no quisiera a Camila como pareja, pero todavía había un lazo como de hermanos.
Además, Camila sí estaba enferma, así que era normal que le preocupara su salud.
Justo cuando Mateo encendía el auto, le dije con una sonrisa:
—Ve a verla. Si de verdad le está pasando algo, te sentirías culpable toda la vida.
Mateo me miró serio