Al pensar en eso, empecé a imaginar la cara de Mateo cuando se enterara: completamente sorprendido, tan feliz que se quedaría boquiabierto.
Cuanto más lo pensaba, más emocionada me sentía, con una sensación dulce en el pecho.
Me acerqué a él con una sonrisa misteriosa y juguetona:
—Mateo, tengo otra buena noticia que darte.
—¿Sí? —preguntó, mirándome fijamente, sus ojos oscuros llenos de ternura.
Mi corazón dio un pequeño vuelco al ver esa mirada tan cálida.
Por instinto, pasé mis brazos por su