—Mateo —dije, casi riéndome de lo absurdo de la situación. ¡Él, el gran presidente de compañía, en serio está peleando por un trozo de pan!
Lo miré y lo reté a propósito:
—¿Y Camila no te hizo sopa de cordero en la madrugada? Pues toma eso y ya.
Mateo me miró, furioso y amenazante.
Esa mirada me hizo recordar de inmediato la vez en que me había torturado en la cama, con la misma ferocidad.
Tragué saliva y rápido dije:
—Está bien, está bien, te lo dejo, ya me voy.
Dicho esto, salí rápido de la