Estaba cansada. En serio.
Mateo se empezó a reír.
De inmediato se levantó y caminó hasta quedar justo delante de mí. Sus ojos tenían un brillo oscuro y me miraban desde arriba, de una forma que me daba miedo. Su tono era de puro fastidio:
—Hablar conmigo te cansa, pero con Michael y Javier sí te gusta hablar, ¿no?
—¡Mateo! —lo miré, frustrada.
—¿Puedes dejar de meter a otros cuando intentamos hablar en serio? —le dije, molesta.
—¿Y tú puedes dejar de pensar en ellos todo el tiempo?
Mateo me grit