Por instinto, abrí los ojos… y me encontré con la mirada penetrante de Mateo.
Mi corazón, que antes parecía no sentir nada, se agitó un poco.
Nos quedamos mirando unos segundos, sin decir nada.
Él se inclinó sobre mí, sin avisar, y me besó.
A estas alturas, tratar de resistirme era inútil y hasta tonto.
Apreté las sábanas de la cama, quieta, dejando que sus besos recorrieran todo mi cuerpo.
Mateo, con esa cara tan definida, siempre se veía elegante y tranquilo cuando estaba vestido.
Pero al quit