—¡Ay no! —Camila jaló la manga de Mateo, haciéndose la víctima—. No hagas eso, al fin y al cabo, Aurora no dijo nada malo, no lo hagas por mí...
—¡Cállate desgraciada! ¿No te da pena ser así de dramática? —grité, sintiendo que el coraje me quemaba por dentro.
De pronto, Mateo me agarró del cuello con fuerza y me empujó contra la pared. Sus ojos tenían un brillo peligroso:
—Te dije que te callaras. ¿Por qué no puedes hacer caso y ya?
—Pues entonces dile a ella que se calle. Fue la que empezó a ha